Mamá, no entiendo tus ironías…

El sarcasmo y la ironía forman parte de nuestro vocabulario habitual, será por eso que muchas veces los utilizamos sin apenas darnos cuenta y decimos lo contrario a lo que queremos decir ya sea por dar un toque de humor a la conversación, por poner un tono despectivo o por hacer burla.

Es simplemente un recurso más de nuestro lenguaje y hasta ahí todo está bien. Pero a veces simplemente observo el mundo tratando de ser objetiva, observo y escucho para valorar y aprender actitudes que me gustaría adoptar o para ver mi propio reflejo en la conducta de otras personas y así tratar de mejorar lo que en realidad no veo con buenos ojos y sin embargo hago a menudo. Y en esos paréntesis de contemplación a menudo me cruzo con la ironía empleada con los niños, una herramienta bastante desacertada, en mi opinión, para la comunicación con los más pequeños.

Probablemente olvidamos que lo mágico de la infancia es precisamente la sencillez, la naturalidad y la inocencia. Porque si esta noche tu hijo de 3 años te dice que quiere ir a la luna y tu cansad@ de un día duro le contestas con ironía que sí, que vaya preparando la maleta que os vais a ir los dos juntos, puede que por la mañana te lo encuentres con el equipaje listo y una sonrisa de oreja a oreja preguntando ¿Cuando nos vamos?

Y es que los más pequeños están absorbiendo el entorno, adquiriendo increíbles conocimientos y maneras de comunicación, por lo que en medio de ese gran y extraordinario proceso de su cerebro, muchas veces no tienen cabida (hasta más adelante) la ironía ni el sarcasmo. Así pues, sucede que a menudo y para nuestra sorpresa, tratan el lenguaje de manera literal.

Pero es que además resulta que desde el nacimiento anda creándose un vínculo de confianza junto a sus seres más cercanos, con los que siempre contar y en los que siempre apoyarse, algo fundamental para sentirse seguro y cuya importancia debería ser prioritaria para los adultos de su alrededor. Siendo así, ¿Qué razón habría para no creer lo que dice mamá, papá, el profesor, o esa persona que les quiere tanto?

Pues claro, los cree. Y después llega la insatisfacción de no ver realizadas sus expectativas y, aún peor, la decepción de saber que esa persona en la que confiaban ciegamente ha resultado que no es tan de fiar. Porque para ellos sólo fue una frase tonta dicha casi sin pensar, pero para el pequeño era una verdad.

Vale, puede que el caso de la luna suene exagerado… quizás este ejemplo te resulte más familiar: Niño de 4 años en una tarde complicada, o como comúnmente se diría, portándose mal. En un momento determinado le pregunta a su abuela si volviendo a casa le comprará un helado a lo que ésta responde literalmente “claro, por supuesto, por lo bien que te has portado”, cualquier adulto o niño de mayor edad deduciría que el capricho queda más que descartado. Pero no será el caso del niño que, probablemente ajeno a la ironía, al pasar por el puesto reclame lo prometido y la abuela indignada se niegue a comprarlo de nuevo, esta vez de forma más clara y rotunda. Es entonces cuando le llega el mensaje por primera vez con la negativa y lo más probable es que en ese preciso instante comience la rabieta que dará continuidad a la mala tarde de ambos, puesto que no habiendo comprendido la situación, esperaba confiado el momento del helado y lo único que importa ahora es que su abuela es una mentirosa de cuidado.

Pero no siempre las ironías derivan en engaños y decepciones, a veces simplemente les llevan a situaciones de completa incomprensión que llevan a los pequeños a riñas o castigos totalmente inesperados, como por ejemplo un caso real: Niña botando una pelota por la calle, se le escapa y el padre la recoge corriendo de la carretera, éste se la devuelve a la voz de “ahora sigue botándola, para que se vaya otra vez a la carretera”. Resultado: La niña sigue jugando con la pelota y el padre enfadado le riñe y se la quita porque le acaba de decir que deje de botarla y aún así ha seguido haciéndolo. Ella, claro, no entiende nada.

Y es que ya de por sí, los niños y los adultos tenemos maneras de ver el mundo completamente distintas, cuando no opuestas y claro, nos queremos mucho pero a veces no nos comprendemos y sin embargo a menudo es en nuestra actitud donde se encuentra la respuesta y no en la suya.

Y que, sí a veces perdemos los nervios porque nuestros hijos no nos escuchan o nos parece que no hacen ni caso, si nos da la sensación de estar en un continuo conflicto, no estará de más mirarnos de forma objetiva, ponernos en su lugar y preguntarnos si en realidad les estamos transmitiendo el mensaje que queremos que reciban. Porque de no ser así, puede que hallemos una de las claves para mejorar la relación: adaptarnos a su ritmo y a sus necesidades. Merecerá la pena simplificar nuestra comunicación con los más pequeños, merecerá la pena, sin duda, el esfuerzo en “descomplicarse” y buscar las palabras realmente adecuadas a su edad 🙂

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